sábado, 17 de septiembre de 2016

EN ALABANZA DE CARLOS GERMÁN BELLI

© R. Acal
Reconozco que en mi titubeante juventud literaria no estuve, ni mucho menos, a la altura de la exigente obra de Carlos Germán Belli. Por este simple motivo, tardé bastantes números, o sea años, en publicarlo en Palimpsesto, revista de poesía que, bajo los auspicios municipales, fundamos en Carmona Chari –mi mujer– y yo en 1990, y de la que por estas fechas se cumple su veinticinco aniversario. Solo cuando, pasada una década, mi añorado Eugenio Montejo me lo presentó en Sevilla, donde ambos participaban en unas jornadas poéticas organizadas por la Universidad Menéndez y Pelayo, en otoño de 2000, empecé a interesarme de verdad en su escritura y tuve el honor de editar en 2003, dentro de la colección Palimpsesto, anexa a nuestra revista, ¡Salve, Spes!, uno de los grandes poemas de largo aliento escritos en nuestro lengua. Desde entonces, no he dejado de hincarle el diente a los prolijos versos del maestro peruano con insaciable fruición golosa. El trato, a la vez discreto y cálido, de Carlos Germán Belli, siempre más atento al prójimo que a sí mismo, fue un grato acicate para entrar por fin en su poesía, en la cual advertí, junto a otras tantas cosas, la íntima correspondencia entre su modestia personal y la del atribulado hablante de sus poemas, cuya condición marginal –presente en más de un sentido en su obra– asoma ya en las entreveradas expresiones en desuso de sus conversaciones como ecos de su timidez e inusual cortesía.
      Pero, naturalmente, mi devoción por sus versos y su desprendida actitud ante ellos no la sostiene nuestra ya larga y entrañable amistad. Aquel lejano encuentro hispalense, al que le siguieron otros en Cajamarca, Lima, México, Guadalajara, Texas, Madrid o Carmona, coincidió con mi creciente necesidad creadora de cultivar y rehacer a mi manera ciertas formas cerradas de la tradición. En esta búsqueda, encontré un oportuno e indispensable estímulo en el exacto equilibrio estrófico de su poesía, tan nutricia y tentacular como abarcadora. Este afán constructivo acoge y moldea contenidos tan singulares y ricos en perspectivas imaginativas que contagian a estas rígidas estructuras de una elasticidad insólita.
      Por sus planteamientos formales y consecuente visión de la vida, la obra de Carlos Germán Belli posee un carácter único, sin parangón en la poesía actual de nuestra lengua. La amalgama de sus registros, provenientes de distintas épocas –sobre todo de la barroca–, desarrolla un vasto y dinámico mundo propio, capaz de autoabastecerse a través de sus afinadas correspondencias en todos los niveles de la escritura, cuyas exigencias recompensan con creces los esfuerzos del lector para no perderse un ápice de la riqueza expresiva de esta poesía, que va de un aplastante sentimiento de insignificancia a una entrelazada plenitud amorosa y espiritual.
     Al lado de causas personales, dos procedimientos aglutinantes favorecen, a mi juicio, dicha evolución: la metamorfosis y el aparente anacronismo del lenguaje. La primera ya alienta en los tempraneros y tenebrosos poemas de Belli, imbuidos de desazón kafkiana. La ductilidad imaginativa –que del claustro materno al más allá transita por todos los tiempos y los tres reinos naturales– irá minando, poco a poco, el pesimismo a ultranza y la demoledora falta de autoestima, sin que para ello sea necesario renovar las imágenes. A partir de Oh Hada Cibernética (1962) Belli adoptó, sin abandonarla ya más, su inconfundible amalgama de recursos retóricos, donde arcaísmos, neologismos, pronombres enclíticos e hipérbatos, al convivir con la jerga peruana, frases hechas e imágenes ultramodernas, conforman un intrincado espesor verbal y sintáctico que en ningún caso rebaja la emoción del poema, sino que la potencia, como si la calidad humana de su contenido emanara íntimamente de tan compleja estructura. Por esto, la apariencia anticuada de este abigarrado estilo refuerza tanto la situación degradada e incluso despersonalizada del hablante como anticipa las pautas para salir de ella. Hasta que Belli no empieza a usar la estrofa regular, con su inalterable distribución métrica, los poemas dominados por el resentimiento y el fracaso –aunque dentro de su tono más propio y de una medida fija– son breves, concentrados, casi constreñidos, acordes con el exabrupto, la queja o el desahogo. La aparición de la estrofa –conductora de un lenguaje cada vez más proteico y rico en paladeables aliteraciones, herederas del mejor modernismo– revela un afán orgánico que, sin modificar de inmediato la visión negativa de las cosas, aumenta la confianza del hablante en sí mismo y, subrepticiamente, amplía la mirada del poema en consonancia con su mayor o menor despliegue formal. Así pues, la amplitud de miras ayuda a descubrir los aspectos positivos de la vida –antes escamoteados por sistema–, sus goces efímeros y, más adelante, coincidiendo con las extensas estancias petrarquescas, el deleite amoroso, donde la amada es carnal y celeste a la vez, fruto de una visión deudora de la mística.
     Sin embargo, ciertos altibajos anímicos no desaparecen del todo de la poesía de Belli, pero alcanzada la transformación vital, incluso los poemas más desengañados, mantienen un fondo compasivo y paciente que los distinguen del nihilismo, la ironía corrosiva y el humor negro de sus libros iniciales. En dicha conversión interior –que va de la intrascendencia a la trascendencia–, los temas y los símbolos tópicos de este mundo poético, como el bolo alimenticio o el Hada Cibernética, sin dejar de ser centrales, adquieren un sentido ambivalente de carencia o placer según los casos. De ahí que los poemas de madurez hagan frecuentes guiños a los de juventud en pos de una indeleble unidad y de una suerte de propósito de enmienda, que es también esta obra.
      Sus recreaciones de determinados esquemas clásicos –que suponen una vuelta de tuerca y una llamada de atención crítica sobre la progresiva pérdida de significación formal del poema– separa la obra de Belli de la de compañeros de su generación como Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson o Javier Sologuren, aunque comparta con ellos su afán renovador y sus comienzos vanguardistas, cuya impronta está dentro de algunos de sus mecanismos expresivos, y justifica su atrevida decisión de volver hacia atrás.

      La poesía de Carlos Germán Belli está a la vez dentro y fuera de nuestro tiempo, aquí y allá hasta anudar las dos orillas del Atlántico. Por ello, sus hospitalarias estrofas, cerradas como entrañables refugios contra los embates de la vida y recitadas por él con su particular y demorado tono salmódico, nunca nos dejan solos ante las eternas incógnitas.

Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 47 (Sevilla, octubre de 2015)