sábado, 19 de diciembre de 2015

LUCES DE DICIEMBRE. Poemas para la Navidad

De izqda. a dcha., Inés María Luna, Rocío Arana, Francisco José Cruz y Javier Sánchez Menéndez
©Tomás Menéndez

Poemas para la Navidad
  
©R. Acal

Las Navidades han representado, sobre todo en mi infancia y adolescencia, amén de las ansiadas vacaciones escolares, las reuniones de la familia en torno a una mesa cargada de abundantes y suculentos manjares, infrecuentes el resto del año, y la tan expectante misteriosa venida de los Reyes Magos. Desde hace ya mucho tiempo, sin embargo, estos ingenuos alicientes han cedido su lugar en mí al recuerdo de los seres queridos, cuya ausencia definitiva deja un imborrable poso de dolor en los brindis de renovados propósitos, cada vez más desganados.
      Cuando recibí la generosa invitación de Pepe Serrallé a este singular evento, me sentí de pronto fuera de juego. Hombre de poca fe, por no decir ninguna, le confesé –con cierto mal sabor de boca por decepcionarlo– que yo no he escrito poemas de motivos navideños. Él, pese a ello, ampliándome el horizonte temático de su propuesta, me animó a que participara.
      Gracias a su interés, he encontrado entre mis poemas estos cuatro que, sin habérmelos inspirado la Navidad, sí guardan una relación, al menos implícita, con ella. De hecho, «Comida familiar», aunque sus versos no lo refieran en absoluto, evoca una cena de Nochebuena junto a mi mujer y mis hermanos en casa de mis padres, ya muertos. «Cantos de un triste gallo» –además de suponer un homenaje a mi añorado Eugenio Montejo, mediante uno de los símbolos de su poesía más recurrentes– nace de una experiencia real cercana a estas señaladas fechas. «Orfandad» muestra unos juguetes privados para siempre del juego, o sea, de la vida misma, que es en el fondo lo que celebramos cada 6 de enero. Por último, «Monólogo de la nieve», como indica su epígrafe, alude a la sorprendente y copiosa nevada ocurrida en Carmona el 10 de enero de 2010, a modo de blanco telón de estas tradicionales fiestas. En esta breve lectura, alternaré mis poemas, no sin cierta osadía, con «Diciembre» de Eugenio Montejo, donde el Nacimiento recobra su pleno sentido en la naturaleza, desnuda de oropeles ajenos a ella; «Navidad 1980» del colombiano Mario Rivero, que posee la misma estremecedora vigencia que cuando fue escrito; «Las abarcas desiertas» de Miguel Hernández, que, con su cruda sinceridad y su belleza formal, nos da otra estampa de su amarga biografía; y una copla flamenca anónima –una soleá–, tan llena de esperanza como de ternura, en medio de un insinuado luto. Estos poemas, alejados del tópico y la complacencia, con los que, por una u otra razón, íntimamente me identifico, son cabales ejemplos de los inconfundibles mundos expresivos de sus autores. 

COMIDA FAMILIAR

Una mesa, unas sillas, un sofá,
dos sillones y cuadros.
En esta habitación murió mi madre,
donde ahora cenamos.

Comemos y bebemos sin echar
de menos el armario,
ni las mesas de noche ni la cama,
donde nací. Brindamos.

En esa cama se murió mi madre:
nosotros la velamos
en torno al mismo sitio donde ahora
rebañamos los platos.


DICIEMBRE

Aunque diciembre nos cubra de pesebres
todas las casas,
ninguno muestra tantas cosas de Dios
como un nido de pájaros.
Basta mirar cualquiera a la intemperie:
en su interior José y María,
con diminutos cuerpos
resultan siempre más reales,
y en el silencio se entregan a velar
mientras las ramas mecen compasivas
el huevo que guarda los cantos.
No hay buey ni mula sino estrellas,
ni corderos que pasten en las nubes;
tan solo esa inocente desnudez
que junto con su amor se balancea
al ritmo de los astros.
Nunca sabrán qué es Navidad
ni por qué los hombres dividen el tiempo
si al fin todas las horas son iguales.
En vela noche y día,
aguardan que la fuerza que expande la raíz,
la que muda las hojas y mueve los planetas,
ascienda por el árbol hasta el nido
y rompa la cáscara.
  
                              EUGENIO MONTEJO
                                   (Caracas, 1938-Valencia, 2008)


CANTOS DE UN TRISTE GALLO

Cantos de un gallo llegan hasta aquí
desde cualquier azotea cercana,
cantos de un triste gallo que enjaulado
ni tendrá espacio para abrir sus alas.

Lo imagino sin hembras ni corral,
haciendo de su canto una plegaria
a quien pueda escucharla como yo
o acaso solamente a la mañana.

Canto febril de un gallo solitario
que en estas calles no me lo esperaba,
calles donde lo propio es ya el ruido
de los coches y las motos que pasan.

Gallo que en versos de Eugenio Montejo
es un eco remoto de la infancia,
cuyo canto se enreda en las antenas
de ciudades insomnes o sonámbulas.

Cantos de un gallo como agudos gritos
llegan intermitentes a mi casa,
gallo sin grito cuando al fin lo maten
para esta Nochebuena,
                                          si lo matan.


NAVIDAD 1980

Son las 12 m, en Bogotá, un viernes
9 días después de la Navidad.
Una vez más hay que desmantelar el pesebre,
desvestir el árbol demasiado brillante,
empaquetar una vez más los decorados en la caja de cartón,
las estrellas frágiles, las luces eléctricas, el papel de estaño...

Seducidos por esa gran mentira de que los hombres
son capaces de la justicia, de la hermandad,
los mensajes de paz de la Navidad vuelan en lo alto
mientras la tierra está alfombrada de signos de guerra:
El Salvador está que arde, fuerzas iraníes han entrado al Irak
y Khomeini, el Santón, no ceja.
Ha sonado por primera vez el «teléfono rojo» en el Kremlin.

Es por eso que el niño de plástico –el que debe nacer todos los años–
se apresta desde ahora, de nuevo, para la noche de la agonía,
se apea delicadamente del pesebre y se va
boca-abajo al fondo de su cajita.
Los pastores hacen sitio a los animales que se encuentran fraternalmente.

«Noche de paz» se oye suavemente alrededor del hogar doméstico.
«Noche de paz» cantan los ángeles en el cielo
mientras los teletipos en la tierra relampaguean.
El Niño-Dios se encoge en su cajita, cubierto de musgo seco.
El buen niño prometedor, que no puede mucho tiempo guardar su promesa.
  
                                                        MARIO RIVERO
                                                                             (Envigado, 1935-Bogotá, 2009)


ORFANDAD

                    Exposición de juguetes del siglo XV.

Se quedaron sin niños los juguetes
que están aquí, al alcance de los ojos,
dentro de la vitrina.

Llevan ya varios siglos aburriéndose:
mutilados y quietos, han perdido
su sitio en la alegría.

Se quedaron sin niños los juguetes.
Niños que son el polvo que ahora cae
por sus formas, sin prisa.

Juguetes olvidados por la muerte
–a salvo de sus manos destructoras–
y también por la vida.

La eternidad los tiene prisioneros
entre frágiles vidrios transparentes
que del azar los libra.

Se quedaron sin juegos los juguetes
y sólo entre ellos mismos ya no saben
cómo pasar los días.


LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía,
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

            MIGUEL HERNÁNDEZ
         (Orihuela, 1910-Alicante, 1942)


COPLA FLAMENCA ANÓNIMA

A los Reyes l'escribío
una cartita pidiendo
lunares pa mi vestío.


MONÓLOGO DE LA NIEVE

           …en Carmona, 10 de enero de 2010.

Aquí todos me reciben
jubilosos, sorprendidos.
Se ve que no me esperaban
a pesar de tanto frío.

Como hace ya que no vengo
algo más de medio siglo,
por primera vez me tocan
los jóvenes y los niños.

Me tocan y hasta me cogen
sin saber qué hacer conmigo
sino muñecos y bolas,
que se lanzan entre gritos.

Yo me dejo, qué remedio,
cambiar de forma a capricho,
como si en verdad yo fuera
sólo el fantasma del frío.

Me iré antes de que descubran
el estorbo y el peligro
que, a la larga, mi presencia
provoca en todos los sitios.

Sí, me iré en cuanto la lluvia
mude mi cuerpo en un río
y los muñecos y bolas
sean, si acaso, un espejismo.


                                                                                               francisco josé cruz
                                                                                         Carmona, diciembre de 2015
©R. Acal

Sevilla, Casino de la Exposición, 17 de diciembre de 2015

sábado, 14 de noviembre de 2015

EN BICICLETA

A montar en bicicleta
aprendí siendo muy niño:

yo daba vueltas y vueltas
por lugares conocidos

con el único deseo
de guardar el equilibrio

sin imaginar entonces
que vivir era eso mismo

y después de una caída
coger de nuevo el tranquillo

yendo y viniendo hasta el fin
pedaleando a mi ritmo

en las rectas y las curvas
en los llanos y montículos

pues vivir no es más que esto:
mantener el equilibrio

entre el esfuerzo y la inercia
sin salirme del camino


Publicado en Letras Libres (México-España, diciembre, 2014) e incluido en Un vago escalofrío (Bogotá, 2015).