viernes, 21 de diciembre de 2012

ANTE LA TUMBA DE JOSEPH BRODSKY


                   Isla-cementerio de San Michele

Protegida del embate
de las aguas y los vientos
de la vida por un muro,
a esta isla de silencio
no me ha traído Caronte
en su góndola de luto.

Aquí dentro, sin embargo,
van y vienen las gaviotas
con sus gritos, como bruscos
ecos de risas sarcásticas
que hasta los altos cipreses
llegaran desde el trasmundo.

Hay en tu tumba un rosal
con cintas en las que cuelgan
frases o versos en ruso
y a ras de suelo un buzón
de cartas al más allá
o simplemente al futuro.

He venido a agradecerte
tu defensa de la rima,
pues te debo en parte el gusto
con que la empleo en mis versos,
aunque sea una rima pobre,
sin resonancias ni lujos.

Con ánimo compungido,
pongo mi mano en la lápida
y de pronto me pregunto
si acaso será la muerte
la ausencia fatal de rima
del mundo con el trasmundo.

Isla-cementerio San Michele, Venecia, febrero de 2012
© Rosario Acal
Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 40 (Sevilla, octubre 2012)

martes, 4 de diciembre de 2012

FRANCISCO JOSÉ CRUZ por Mario Rivero


Al lado de su labor poética central, como editor y compilador de textos de afamados poetas hispanoamericanos, Cruz cumple una importante tarea de gran servicio a la cultura y a su país, a través de la colección de autores, auspiciada por la revista de creación Palimpsesto, importante órgano de difusión de poesía, dentro y fuera de España, a cuyo frente ha estado desde su fundación, en 1990, concluido su periodo de cuatro años como codirector de la revista Ritmo de viento.
      Destacado exponente de las búsquedas expresivas que se llevan a cabo en España en los últimos años, es ésta una poesía en plena marcha, en su ámbito y en su deliberación, en dirección opuesta a los excesos culturalistas y a los hermetismos vanguardistas de los «Novísimos» y «Posnovísimos», aparecidos en los últimos años 80 y primera mitad de los 90, en el escenario de la lírica hispánica.
      Rechazando la grandilocuencia y la retórica de los experimentalismo a la moda, Francisco José Cruz construye su poesía sobre conceptos como transparencia, emotividad, sinceridad; en donde lo sensitivo parece ir dictando el tono a la escritura, dando entrada a lo cotidiano, a los sucesos de todos los días y de siempre, en una lección de sencillez, a fin de restituir su limpieza a la palabra, y levantando, libro a libro, cada vez más alta su poesía.
      Conmueve ver cuán hondo es capaz de sentir este poeta de vocación heroica, que aún caminando como por calles de bruma, está en el mundo: en el ojo de cada huracán, naufragio o calma, con la escritura funcionando para él, como la sola luz-guía. Quien, para explorar las profundidades de sí mismo, ha sabido beber en las corrientes contemporáneas, a la vez que en las fuentes de la tradición, señoreada por don Antonio Machado, hasta alcanzar una expresión intensa y natural, como alguien que en medio de la noche da en el blanco.
      Provisto de una sensibilidad serena, cercana al equilibrio y la sutileza de la mejor poesía china, Francisco José Cruz nos advierte, con lucidez, que aun gastando mucho tiempo para morir, «a morir no se aprende». Porque el tiempo, la muerte y la poesía son los puntos de referencia en su poética. Aunque acaso se trata sólo, libro a libro, de un tema inmenso y virtualmente infinito: la muerte. La muerte y su afónico rumor. La soterrada partitura que el tiempo no deja de tocar en nuestro oído, con imperceptibles dedos…
  
Prólogo a A morir no se aprende de Francisco José Cruz (Arango Editores, Bogotá, 2006).

lunes, 26 de noviembre de 2012

FRANCISCO JOSÉ CRUZ: VOLVER A LA MIRADA por Blanca Luz Pulido


Leer Maneras de vivir, del sevillano Francisco José Cruz, publicado hace un par de meses por Trilce Ediciones, nos introduce en un mundo poético trazado con sabiduría e intuición muy precisas. La realidad aparece vista desde ángulos inéditos, en versos que se despliegan alejándose en todo momento del énfasis innecesario o de la inocua cotidianidad. El poeta sevillano, en estas páginas, nos descubre la naturaleza íntima y las sombras de lo que, al ser observado, experimenta un nacimiento o renacimiento en el poema. Como si el reto fuera (y es) adentrarse en lo más profundo de la materia y luego volver a la superficie, es decir, al poema, con todo lo encontrado.

Lo que no vemos
Ya desde «El funambulista», el primer poema del libro, asoma la realidad vista desde un ángulo inusual, desde el techo del mundo visible urbano que son las azoteas. Desde ellas el día «lento pasa / de puntillas al lado que no vemos». (Por cierto, podemos encontrar poemas sobre esta visión de las azoteas como miradores de los puntos ciegos de nuestra cotidianidad en algunos poetas de este lado del mar, como Antonio Deltoro, Fabio Morábito y Eduardo Hurtado). Ese día que, aunque no lo sepamos, se encarga de mantenerse en equilibrio para que nosotros no perdamos el nuestro y descubramos que «el cuerpo del día es un fantasma / un don nadie buscando su materia». Entre lo que vemos o no vemos y lo que acaso no alcanzamos a intuir, late todo el espectro de posibilidades de relación con el mundo: así, en «El visitado», se entabla un diálogo de ciegos entre la imagen reflejada en el espejo (el visitado) y el espejo mismo, en sus momentos de soledad, mientras atraviesa los «intervalos secretos en los que no me mira» el propietario, por así decirlo, de la imagen, o al menos de la posibilidad de reflejarla.
            El poeta se pregunta constantemente por la naturaleza de la mirada, y sus palabras, que son sus instrumentos de visión, llegan a cualquier espacio o edad: el descubrimiento de una niña de lo que son y para lo que sirven las puertas, y lo que pueden esconder («Manera de jugar»); la percepción de la naturaleza rebelde del poema («El travieso»); el tronco ya seco que no crecerá, aunque siga hundido en la tierra («A palo seco»); la mesa que ha atravesado generaciones e historias familiares para terminar en un rincón de la memoria y de la casa («Manera de envejecer»). En los versos de Francisco José Cruz se realizan transformaciones, procesos donde vemos a la materia del mundo pasar de un estado a otro, de un tiempo a otro, con suavidad o abruptamente: el barro es una voz que vive mediante las manos que la trabajan y le dan un cuerpo; la mesa y el árbol comparten no sólo la materia de que están formados sino conductas e intenciones. De la misma forma, en los animales que en estos poemas nos miran desde el aire muerto de los zoológicos podemos ver retratos no muy lejanos de la condición humana, atrapada entre la intemperie y la mudez:

Casi todos los días deambula por la calle
                              un grito
llevando de la garganta a un hombre,
exponiéndolo al sol y a la lluvia,
al tráfico sin tregua,
                           y dejándolo
en el centro de su misma intemperie
cada vez que se calla.
                                                    «Ido»

El rastro de la presencia
La mirada del poeta, así, restituye el tránsito y los lazos entre vivos y muertos («Mis padres»), entre el bosque y el erial («Maneras de desarbolar»), la noche y el día («La costurera y el mendigo»), la memoria y el olvido («Manera de decir»). La entrevista al poeta que se incluye en las últimas páginas del libro, realizada al alimón por Antonio Deltoro y Fabio Morábito nos muestra a un creador con una clara conciencia de los aspectos y procesos de la realidad que le interesa mostrar en su obra: «Más que recordar que el tiempo pasa, busco mostrar lo que deja a su paso o la interrupción brusca de su paso apenas iniciado, como si no fuera el tiempo el que destruye, sino el azar, algo ajeno al tiempo. Se crea así un estado de perplejidad, no de nostalgia. Trato de dar una presencia a cuanto ya no la tiene».
            A nosotros, lectores, nos toca sumergirnos en la iluminada, felizmente compleja superficie de la escritura de Francisco José Cruz, y deletrear, con sus luces y sombras, las nuevas maneras de decir (y de vivir, por consiguiente) que el poeta nos propone.

 Publicado en Milenio, México, 5 enero de 2005

martes, 20 de noviembre de 2012

Presentación de LOS CANTOS DE JOSEPH UBER de Rafael Adolfo Téllez

De izqda. a dcha., José Losada (alcalde de Cañada Rosal), Rafael Adolfo Téllez y Francisco José Cruz

LOS CANTOS DE RAFAEL ADOLFO TÉLLEZ
por Francisco José Cruz

Pocas tareas tan gratas en mi trayectoria literaria como la de acompañar en su propio pueblo a este viejo amigo, entre otras razones, porque casi nadie es profeta o poeta en su tierra y, sobre todo, porque la poesía de Rafael Adolfo Téllez está íntimamente ligada a ella. Vaya, pues, por delante mi profunda gratitud al Ayuntamiento de Cañada Rosal por distinguir a tiempo, o sea, en vida, la labor creadora de este querido poeta y permitirme presentar ante sus paisanos su último libro de poemas hasta la fecha, Los cantos de Joseph Uber, atestiguando de paso nuestra entrañable amistad, que ya dura más de un cuarto de siglo.
      Han pasado tantos años que no estoy seguro si fue el poeta Juan José Espinosa quien nos presentó una noche, camino de La Carbonería, el bar donde entonces Rafa trabajaba de camarero o se trata de un espejismo de mi memoria, contaminada por esos otros espejismos que surgen de su poesía, a la que sin duda conocí al mismo tiempo que a su autor. Ya en aquel presunto encuentro por las enrevesadas callejas del Barrio de Santa Cruz, Rafa me recitó sus poemas como si no fuera la primera vez que nos juntáramos. Luego, me di cuenta de que esto lo hace con todo el mundo porque es su manera de abrir la puerta de su dolido corazón y ofrecer a los demás su afecto. Pero, en el fondo, qué más da cuándo nos conocimos. El caso es que nuestro cariño viene de lejos, hecho de momentos felices y fatales.
      Hablar de un nuevo libro de Rafael Adolfo Téllez supone hacerlo involuntariamente de los anteriores, tanta fidelidad guarda su poesía a los ámbitos y seres de su infancia como él a sus familiares versos. Muchos de los cuales podrían pasar de un poema a otro sin que la composición se resintiera por la falta de conectores discursivos de corte lógico y la recurrente liviandad de las imágenes. A ellas vuelve una y otra vez, con renovados hallazgos y matices, no tanto por la insatisfacción de no haber expresado aún lo que quisiera, sino por la agónica necesidad de no irse del todo de su casa ni de su calle, aunque sean ya otras o no existan. Así, Joseph Uber, personaje al que alude el título de este libro, es a la vez un oscuro antepasado suyo y un trasunto de su propia memoria, mediante el cual nuestro poeta, como un espectro más, se asoma a esa época anterior a su nacimiento que linda con su niñez para hacerla también suya y ensanchar el mítico pasado de sus lares, donde su madre sigue siendo esa niña que «regresa a diario de la escuelita rural / saltando sobre piedras / sin que sus sandalias rocen las aguas del arroyo bronco».
      Según Octavio Paz, «la poesía no busca la inmortalidad, sino la resurrección». Si esta idea pudiera no convenir a cualquier obra, a la de Rafael Adolfo Téllez le viene como anillo al dedo. En ella, más que sentir cómo pasa el tiempo, descubrimos de golpe que ya ha pasado. De ahí su acusado carácter atemporal y, por lo tanto, nada anecdótico, a pesar de que los seres queridos ya muertos aparezcan en el poema con sus nombres, sus gestos más propios y dentro de un inconfundible ámbito familiar de calles, casas, patios, tapias, gallos, lluvias… Con ellos, el poeta parece recobrar un precario y fugaz contacto. Digo parece porque la nítida concreción de las imágenes no oculta ni un ápice su irreductible condición de fantasmas. En realidad, ellos deambulan como aislados en un aire de soledad remota, ajenos a todo y a punto de ser de nuevo polvo a cada verso. Así pues, estas amadas presencias, paradójicamente, subrayan las huellas que sus ausencias definitivas dejan en el lenguaje y en el corazón. En este fatal contraste residen el escalofrío, la ternura y la piedad de esta poesía.
      La dimensión de lo ancestral la aprende Rafael Adolfo Téllez de sus maestros iniciales: Borges, Vallejo o Félix Grande, y la ahonda gracias a los posteriores como Eliseo Diego, Eugenio Montejo y Jorge Teillier, en quienes descubre un modo abierto, no lineal, de concebir el tiempo. De ahí que la infancia, el amor y la muerte –las tres heridas sin cerrar de su poesía– conformen un único temblor hasta contagiarse mutuamente.
      Pero si Rafael Adolfo Téllez encuentra sus antecesores poéticos al otro lado del Atlántico, el misterio elemental de sus imágenes surge de lo más profundo de su memoria, cuya finura lírica pertenece a esa zona de nuestra tradición andaluza, más recogida, esencial y delicada. Es en esta sencillez de las cosas y hábitos primordiales donde reconozco lo más singular e intransferible de estos poemas, que tanto deben a Cañada Rosal y su comarca, donde nuestro poeta vivió de niño y vuelve a vivir hoy.
Gloria García (concejala de Cultura) obsequia a los poetas con los tradicionales huevos pintados de Cañada Rosal.
De izqda. a dcha.: Francisco José Cruz, Agustín María García López, José Julio Cabanillas, José Manuel Vinagre, Rafael Adolfo Téllez y Juan José Espinosa.
De izqda. a dcha.: Inés Luna, Juan José Espinosa, José Manuel Vinagre, Charo Prados, Rafael Adolfo Téllez, Francisco José Cruz, José Julio Cabanillas, Agustín María García López, José Luis Alonso y Benito Pla.
Concierto Lazos, con el pianista Michel Suárez y la cantante Emma Alonso.

Centro de Interpretación de las Nuevas Poblaciones, finca municipal La Suerte, Cañada Rosal, 10 de noviembre de 2012.

martes, 13 de noviembre de 2012

MI VIEJA MÁQUINA


Desde la adolescencia
ya me acompaña
fijando mis silencios
y mis palabras.

Así que en ella he escrito
todos los poemas,
todos sin excepción
hasta la fecha.

Cuánta paciencia tiene
mi vieja máquina,
pues aún la aporreo
con torpe maña.

El ruido tosco y seco
que hacen sus teclas
acaso está en el fondo
de mis poemas.

Esta maciza Perkins
todo lo aguanta
menos que yo la cambie
por otra máquina.

Y cuando al fin le falte,
qué será de ella,
tan anticuada e inútil
para cualquiera.

Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 40 (Sevilla, octubre 2012).

lunes, 5 de noviembre de 2012

SUR - ES. Encuentros Interdisciplinarios de Civilización y Naturaleza

El encuentro, convocado por el Parque del Alamillo de Sevilla y creado por José María Sousa, consistió en la invitación de un grupo de escritores y artistas que, durante siete días, visitó el Coto de Doñana y la cuenca baja del río Guadalquivir. La experiencia personal y la estimulante convivencia entre unos y otros, recogiendo todo tipo de información, propiciaron que cada uno de los autores, como conclusión de su visita, aportara su propio trabajo al Cuaderno de Bitácora.

PARTICIPANTES
Jesús Aguado (poeta)/Vicente del Amo (fotógrafo)/Pedro Bacán (guitarrista flamenco)/Antonio Calvo Laula (escritor)/Félix de Cárdenas (pintor)/Francisco José Cruz (poeta)/Miguel Delibes de Castro (biólogo)/Juan Fernández Lacomba (pintor)/Chantal Maillard (poeta y filósofa)/José Ramón Moreno (arquitecto)/Juan Francisco Ojeda (geógrafo)/Alejandro Sosa (fotógrafo)/Antonio Sosa (escultor)/José María Sousa (creador del Encuentro)/Antonio Zoido (director del Parque del Alamillo)

Viaje por el río Guadalquivir: Francisco José Cruz, el guitarrista flamenco Pedro Bacán, el fotógrafo Alejandro Sosa y, al fondo, de espalda, la poeta y filósofa Chantal Maillard.
Viaje por el río Guadalquivir: Francisco José Cruz, Alejandro Sosa y el poeta  Jesús Aguado.
Viaje por el río Guadalquivir: Fran Cruz y José María Sousa, creador del Encuentro
Viaje por el río Guadalquivir: Jesús Aguado, Francisco José Cruz, Chantal Maillard y el biólogo Miguel Delibes de Castro. 
Coto de Doñana, chozas de las marismas: con el escritor Antonio Calvo Laula.
Coto de Doñana, chozas de las marismas.
Coto de Doñana, chozas de las marismas: Chari Acal, Fran Cruz y José María Sousa.
Coto de Doñana, dunas: con José María Sousa y Jesús Aguado
Coto de Doñana, ojo de las marismas
En la orilla del mar: con el escultor Antonio Sosa y el pintor Félix de Cárdenas
Fran y Chari rumbo a Sanlúcar de Barrameda
Sanlúcar de Barrameda, Casa Bigote: con Antonio Calvo Laula
De nuevo en el río, rumbo a Sevilla: con el pintor Juan Fernández Lacomba y Jesús Aguado.

Los siguientes poemas de Francisco José Cruz, que años más tarde se integraron en su libro Maneras de vivir (1998), surgieron a raíz de este fecundo viaje.


Maneras de desarbolar
  
I

La sombra se le queda
desorientada
después de que un hachazo
lo derribara.
La sombra, de repente,

ya no se alarga
ni se acorta. La sombra,
desarraigada,
espera que también
la trunque el hacha.

II

El viento lo sacude
y lo sonsaca.
No sé qué busca el viento
entre sus ramas
que el árbol no descubre.

El viento asalta
su copa y lo registra
y desarraiga,
hasta que, al fin, lo tumba.
El viento pasa.
  
III

También escucha el árbol
a su manera:
estiradas las hojas,
el tronco alerta
y erguido en su tensión,

porque se acerca
el fuego crepitando
hasta que llega
a su altura. Ni un pájaro
canta su ausencia.

 IV

 A veces, vuelve el tiempo
a tener ganas
de que la eternidad
de un árbol
                caiga
sobre cualquier sopor

de la mañana.
Así, el árbol se deja
caer sin lástima,
sin que ni un solo árbol
mueva una rama.


Manera de comer

Tengo en el plato, ya partido,
un pedazo de carne
de venado que corre por detrás de las dunas
mientras yo lo mastico y lo digiero
tan despacio
que acaso también él se haya parado
en cualquier tronco absorto del camino.

El cuchillo raspando sobre el barro del plato
me chilla que ahora mismo
él escarba en la tierra.
Y el sabor de su carne le va dando
al deleite furtivo de mi lengua
la tensa fruición de la berrea,
que a la noche extenúa con su celo.

La salsa me revela
que acaban de abatirlo en un recodo
implacable del bosque.
Cuando dejan los buitres en la arena
solamente los huesos
esparcidos
sobre un charco de sangre,
el plato está vacío.


Maneras de biólogo

 Ha adoptado la espera de un árbol en medio del invierno.
Sabe quedarse quieto entre los pliegues absorbentes del día
y pedirle prestados a un águila los ojos,
que en la altura contemplan algo que en los suyos no existe.
No busca descifrar la lengua de los pájaros,
porque ha descubierto que los pájaros
jamás necesitaron decir nada.
Ha aprendido a quitarse las huellas de los pies
y pisar de puntillas por la sombra de un lince.
A veces, la belleza es una incógnita del paisaje
y ninguna ecuación es capaz de despejarla.
Casi siempre resuelve en el papel
aquello que en la vida sigue siendo un misterio.
Un asombro excesivo puede desorientarlo.
Se atreve a poner nombres a plantas y a insectos
que acaso no existían por no tener palabra.
Siente mejor que nadie que él es otro animal.
Por esto, fácilmente, se olvida de sí mismo
y por esto le resulta la muerte
la forma más sencilla de que siga la vida.


El ausente

 A Dios le vienen bien las negaciones
que su ubicua inmateria provoca en tanta gente.
Controversias y dudas contribuyen
a que Él siga haciendo tan sólo lo que crea
conveniente, sin tener que cambiar
sus programas de vidas y de muertes,
porque ya casi nadie lo va teniendo en cuenta.

A Dios no le interesa que entendamos sus obras,
sus magnánimos gestos, su visión a distancia.
La ambigüedad de todo así lo salva
de hacer revelaciones engorrosas.
Él prefiere que olvidemos que existe.
Por esto en cualquier sueño puede darle
por bendecir a todos
los que jamás en Él han confiado
y así les agradezca
la inestimable ayuda que le siguen prestando
para dejar de ser alguna vez, quién sabe,
incluso su inmateria.


Esturión en un acuario

Viene del origen del mundo, por eso habita
en el fondo del mar, que es el fondo del tiempo.
Atravesó los siglos bajo el vidrio cambiante
de las aguas, para reproducirse
y atender el reclamo de lo eterno,
hasta llegar aquí:
espacio en que el final
del mundo ha levantado paredes de agua fija.
Quizá busque salir porque tantea
con sus barbillas táctiles.
El cristal es un agua que no tiene retorno
y así la transparencia no es más que un espejismo.
Extinguida su especie en esta cuenca
de largas amalgamas, sobrevive
en el agua estancada del destiempo.
Por ella sube y baja, sube y baja,
resignado tal vez al cautiverio
sin fin que lo condena
a no volver al mar y a no morir.
Su destino, por tanto, sigue siendo
nadar contra corriente,
aunque ya no remonte ningún río
y tan sólo se adapte
a estar fuera del mundo.
Hoy lo vemos flotando en un futuro
que no le corresponde
y, a salvo de la vida, vive aún.

Coto de Doñana y cuenca baja del Guadalquivir, octubre de 1994.


viernes, 26 de octubre de 2012

PREHISTORIA DE FRAN CRUZ por Jesús Aguado


Hace poco, en este mismo lugar, os leí un poema que le tengo dedicado a Fran y que se titula «Para un poeta ciego». Casi nadie entendió, entonces, que el poeta ciego era yo y no él, y que los ciegos somos todos nosotros mientras no nos demos cuenta de algo que a Fran ya no podemos enseñarle y que, hoy por hoy, constituye una de mis obsesiones: que algún día la luz se dejará abrazar. En los versos de Fran la luz no sólo se deja abrazar sino que, de hecho, nos abraza a todos, nos abarca y nos ofrece su cuerpo perfectamente modelado.
      Ahora lo vais a ver, pero esto es lo que hace Fran: modela, antes de decirlas en voz alta, las palabras, las va dando forma hasta que del barro humedecido de sus silencios va extrayendo nubes de paso, ascuas, remolinos, encrucijadas peligrosas, rostros una y otra vez repasados con las manos. Alguna vez se lo he dicho: lo que tú haces, Fran, es doblemente poesía, porque todo poema está escrito para convertirse en sensación y atacarnos la yema de los dedos, envolvernos la lengua con sabores extraños o alzar ríos y valles sobre nuestra piel. Y por eso, no hace mucho, cuando necesité enviarle un poema lleno de todas estas cosas a una amiga, tuve que pedirle a Fran que me lo transcribiera a braille: sobre el relieve de los puntos podría palparme, como en tantas otras ocasiones, y podría concederme con más facilidad la ilusión de que nunca habíamos dejado de estar juntos.
      Fran, alfarero y demiurgo, es, sobre todo, un gran encantador de serpientes: desde Prehistoria de los ángeles, su primer libro, las metáforas han bailado a su son, frenéticas y dulces a un tiempo, reconociendo en él al hermano telúrico y fiel al misterio que siempre ha sido. Esta, su pasión por el demonio que son las metáforas, es su pecado original, el que le arroja del Paraíso, pero también es su justificación como hombre: con él comienza la historia y deja de vivir en el limbo indeterminado de los ángeles.

                   para un poeta ciego
                                                             a Fran

Esta noche pasada me sumergí en el lago
que hay cerca de mi cuerpo cuando duermo.
No me quedé en la orilla, como hago casi siempre
temeroso del frío y la humedad.
Me zambullí de golpe y en cascada,
quebrando las estrellas y los árboles
que estaban acostados sobre el agua y el viento.
Buceé con los ojos abiertos mucho rato
buscando ese tesoro que es estar detenido
en el centro del mundo exactamente.
Mas me acordé de ti, de pronto, y los cerré.
Mi piel se hizo luciérnaga y un vértigo
se apoderó de mí para arrastrarme
al fondo de otro sueño
donde la luz se mira con las manos.
No sé si tú me entiendes:
con los ojos abiertos me asfixiaba.
Más tarde desperté porque la aurora
no perdona a los hombres sin tinieblas.

Texto de presentación a la lectura que Francisco José Cruz dio en la Universidad de Sevilla, el 28 de abril de 1986.

martes, 16 de octubre de 2012

FRANCISCO JOSÉ CRUZ: EN LAS PROFUNDIDADES DEL PRESENTE por Alicia García Bergua


La poesía de Francisco José Cruz en sus libros Maneras de vivir y, sobre todo, en A morir no se aprende, se pregunta sin ningún ánimo de explicación trascendental sobre la doble naturaleza del tiempo para los seres humanos: el hecho de pensarlo y de vivirlo. En los libros antes mencionados Francisco José Cruz hace posible que el paso del tiempo se nos vuelva visible tan sólo al contemplar con atención los acontecimientos a partir de sus palabras. La concisión, claridad y sonoridad de sus versos iluminan las escenas de manera que podemos fijarnos en detalles significativos que no se pueden percibir a simple vista, y que hacen evidente ese tiempo que está en todas las cosas, que la mayoría de las veces por vivirlo no observamos. Las palabras le permiten demorar los momentos, retenerlos y así recuperar las dimensiones que se pierden cuando sólo pasamos por ellos. Quizá por eso en su poesía la muerte, más que un momento definitivo, parece un extravío, un titubeo, una fisura por los que escapa a mirar lo que pasa, ha pasado y pasará en una misma escena; esos detalles que parecen nimios pero son sustanciales.
No aprendemos a morir porque no vivimos el tiempo como el resto de los seres vivos, quienes parecen conducidos por un trayecto aparentemente lineal pues sus probabilidades están hasta cierto punto dadas de antemano. Nuestras conciencias, en cambio, al hacer conjeturas, juegan con las probabilidades de una forma extralimitada puesto que pueden predecir que una serie de acontecimientos conduce necesariamente a un final momentáneo, y a la vez vivir el presente sin preverlo ni predecirlo. Quizá en esto consista el sentido de aventura para nosotros: en saber y a la vez no saber lo que va a pasar.
Nuestra gran conquista como humanidad es, entonces, para Francisco José Cruz, la posibilidad de detenernos con el lenguaje en los umbrales del presente, en las puertas que, como lo dice en su poema «Maneras de jugar» del libro Maneras de vivir, «se abren y se cierran sin irse de su sitio». Bajo estos umbrales se ve transcurrir el tiempo humano como una serie de momentos que, sin una dirección definitiva, se bifurcan, se repiten, retroceden.
Por ejemplo, en su poema «Orfandad», de Maneras de vivir, donde se habla de unos juguetes antiguos expuestos en un museo, el poeta empieza por la línea: «Se quedaron sin niños los juguetes», para otorgarles el presente que perdieron:

Se quedaron sin niños los juguetes
que están aquí al alcance de los ojos,
dentro de la vitrina.

Llevan ya varios siglos aburriéndose.
Mutilados y quietos, han perdido
su sitio en la alegría.

También en ese mismo libro encontramos, en su poema «Lanza o remo», que el hecho de no saber para qué servía un objeto milenario de la cultura Lambayeque es una suerte de claridad oculta. A través de la cosa podemos percibir un presente que se volvió ubicuo, como dice el poema, porque dudamos de ella y porque quienes la usaron lo hicieron en un tiempo que no iba hacía nosotros; la finalidad del objeto no era permanecer en la vitrina del museo:

Lanza y remo, porque el tiempo
es ubicuo cuando la historia muere.
Y perdidos los nombres de las cosas,
las cosas comienzan a vivir a su manera,
sin alma pero con cuerpo,
ya que en el reino material de las cosas
los inmortales son los cuerpos,
no las almas,
y por esto son siempre
las cosas más reales
que nosotros.

En A morir no se aprende, la poesía de Francisco José Cruz se planta en la fijeza de las escenas y se detiene a mirar esa multiplicidad de direcciones, repeticiones y titubeos que componen los momentos. En este libro vemos, por ejemplo, un ciprés que sin saber que está seco permanece erguido junto a los otros a un lado de la piscina, o a una suicida que piensa en dejar lo que siempre deja cuando llega a su casa sobre el pretil del río.

Los plantamos hace poco
pero uno ya no está verde:

Se ha secado de raíz
y aunque erguido permanece,

justo con la misma altura
de los otros dos, su suerte

ya está echada. Sin embargo,
el arbolito no advierte

(como el sol aún lo dora
y el viento a veces lo mueve)

que nunca dará una sombra que se alargue por el césped
y llegue un día hasta el agua y en el agua se refleje.

A la luz de este sentido del tiempo, la vida cobra los verdaderos relieves que tiene para nuestra conciencia: sus dudas, sus conjeturas, sus incertidumbres, sus miedos. Éstos son la materia con la que avanzamos y están en los detalles que marcan precisamente los contrapuntos de las distintas escenas de los poemas. Por ejemplo, en A morir no se aprende, el hecho de haber visto al jardinero quejarse de un dolor de garganta que parecía inocuo, en el poema «No tenía importancia», hace que su muerte cobre otra dimensión. O la molesta presencia del drogadicto al lado del hermano que se está muriendo en el hospital, en el poema «Mientras agoniza», convierte la agonía en algo más terrible, pues sucede en un escenario donde la vida sigue sin ninguna piedad hacia quien muere:

Mi hermano, desde ayer,
no admite medicinas
ni digiere alimentos.
Ya no sé si me escucha:
casi no abre los ojos
cada vez más ajenos.
Las visitas lo besan,
me acompañan un rato
y se van. El enfermo
de la otra cama tiene,
durante todo el día,
el televisor puesto.
Con tal de que no monte
otro escándalo más
y no pierda los nervios,
aquí nadie se atreve,
como es un drogadicto,
a pedirle silencio.
Si está de buen humor,
baja un poco el volumen
y hasta se pone tierno
para hablarle a mi hermano,
como si lo escuchara,
sobre lo que está viendo.


Para profundizar en cada tema, Francisco José Cruz adecua el lenguaje. Lo aplica con detalle para lograr un alto grado de definición al describir las imágenes y poder ver las huellas del presente real. No hay entonces adjetivos ni palabras de más que puedan distraernos; la concreción del presente se refleja en la sonoridad precisa de sus versos. Francisco José Cruz escoge la medida de sus poemas, como un fotógrafo seleccionaría su lente.
Los poemas parecen observar muy detenidamente cada acontecimiento desde el paso del tiempo. Detenerlo de pronto para que lo veamos realmente y deje de ser la simple anécdota. Sus palabras lo fijan, lo regresan a objetos en los que su huella subsiste: una mesa, un juguete antiguo, una lanza o remo de tiempos remotos, las llaves y el monedero, la cama que espera a algún enfermo, el comedor que era la habitación donde dormían los padres o la mesa arrumbada. Nosotros y la materia llevamos consigo hechos olvidados que evadimos, pues es difícil mirar siempre de frente la vida real. En su poema «Cuarto de los heridos (Museo de guerra)» de A morir no se aprende, dice que los agujeros de bala en las paredes y los catres soportan el peso muerto de la memoria. En ellos se siguen muriendo esos heridos, pues éstos son el rastro de su muerte:

Agujeros de bala en las paredes
indefensas y sucias.

                      Catres
a ras de suelo soportan el peso
muerto de la memoria.

                        ¿O muere,
después de tanto tiempo,
algo en ellos aún
que nadie advierte?

Es de ese peso muerto de la memoria del que, entre otras cosas, nos habla Francisco José Cruz en sus poemas; ese peso cotidiano de las acciones y contemplaciones que cargamos a diario y que aunque por momentos nos parezca abrumador, nos resulta liviano y olvidable al paso del tiempo.
Esta poesía tiene, entre otras virtudes, la de ir un paso atrás de lo repetitivo y rutinario. Entonces, el deambular diario de una mujer enloquecida que regresó a la infancia es visto, en su poema «Niña perdida» de A morir no se aprende, como un regreso continuo a ese presente que quedó atrapado en ella y en el que ella quedó atrapada:

Desde que regresó a la infancia
por la calle deambula absorta,
arrastrando los pies (el pelo
blanco, las manos ya temblonas).
Algo murmura mientras anda,
se ríe y de repente llora.

Hasta la puerta de mi casa
llega casi todas las tardes
y, con su voz de niña ausente
dice que la espera su madre.
Le digo que aquí ya no vive
y se extraña de equivocarse.

Nuestra naturaleza nos dicta huir de los antiguos presentes porque quedarse en ellos es la auténtica locura. Sin embargo, lo es también darles la espalda, no regresar a ellos como lo que realmente fueron. En nuestros tiempos es la narrativa, sobre todo, la que pretende recuperar los momentos presentes y cotidianos, recreándolos, para volver reales a los personajes y así poder ver la realidad a partir de la ficción. No obstante, en la ficción narrativa la realidad presente cobra otro peso, se vuelve una atmósfera recreada que puede cobrar una gran fuerza en nuestra imaginación y hacernos sentir que existe como algo continuo que envuelve a los personajes. Eso pasa, por ejemplo, con la obra de Juan Rulfo. Hay toda una serie de actos, de diálogos, cuya continuidad ficticia hace creíbles a los personajes y lo que les ocurre, aunque el lenguaje de Juan Rulfo no sea el que hablan en realidad el tipo de personas que describe. Francisco José Cruz en A morir no se aprende, sobre todo, opera exactamente al contrario y nos hace ver que en esa continuidad que tratamos de imponer a lo que vemos hay una trampa que nos impide ver los momentos en toda su magnitud. No parte de una idea o de una imagen, parte de detalles, contrapuntos, simultaneidades y analogías que amplían la temporalidad de una escena o de un momento de reflexión. Y muchas veces los detalles hablan por sí mismos a través de las cosas: la jaula vacía del pájaro, la camisa que reflexiona en el poema sobre su paso del padre al hijo, el catálogo de ataúdes en los que la comodidad es una de las características, o el barro que habla de las manos que lo moldean, en cuyos huesos el tiempo ha infundido el instinto de salvarlo del caos.
La forma en que Francisco José Cruz aborda los momentos presentes en su poesía va más allá de una simple evocación, es también una nueva forma poética de narrar las reflexiones, sensaciones e imaginaciones momentáneas, que son sustanciales, pero que a la vez son casi imposibles de recrear sin que se conviertan en algo anecdótico y sin importancia. Francisco José Cruz, al ponerlas en sus palabras, logra redimensionar los momentos presentes, que recobren la sustancia vital que pierden al ser mencionados en un lenguaje trillado. Estas reflexiones, sensaciones e imaginaciones momentáneas son nuestra relación inmediata y verdadera con el mundo, todo lo demás son conjeturas. Al fijarlas en sus poemas Francisco José Cruz logra rescatar la vida humana, ponerla en su ambiente real, que es esta relación inmediata con su mundo. En Maneras de vivir, hay varios poemas en los que se plantea precisamente esta separación del animal y del hombre de ese hábitat, que en realidad es su espacio-tiempo. Como el esturión en el acuario de su poema del libro Maneras de vivir, los seres humanos son animales cautivos porque no vemos en la transparencia de nuestros actos más simples todo lo sustancial que venimos cargando desde el origen. Los poemas nos obligan a mirar de otra manera lo ya mirado, a bucear en la profundidad de nuestro tiempo presente. 

Publicado por primera vez en Voz Otra, Revista Iberoamericana de Poesía y Crítica (México, año 1, nº 3, 2006) e incluido también en el libro Inmersiones de Alicia García Bergua (Universidad Nacional Autónoma de México, Serie Diagonal, 2008).